El agua es más.

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Lo conocí hace más de diez años, cuando lo reencontré tenía al menos cuatro sin verlo, y desde entonces me recuerda como un eco suave, como un oleaje sostenido, que el agua es más. La conciencia de conexión con el Otro es como la marea. Sabes que estás en el agua, pero cuando sube, tu flotación y tu relación con el entorno pesa diferente.

La primera vez que subí las escaleras hacia su antiguo ashram iba apurada y con los ojos hechos agua. De una escuela pequeña y bien humilde, en un apartamento de un edificio antiguo, recientemente se mudó a pleno Chelsea. Sala de yoga enorme y dos o tres habitaciones que fungen como oficinas o aulas, no sé. Además, una sala donde sentarse a leer, dos baños y un cambiador espacioso. No es lujosa la escuela. Es más cómoda.

Hace falta conocer a Dharma Mitra para entender en qué consiste esta dinámica (es muchísimo más que un lugar) a la que llego anhelante cada vez. Conocer a Dharma no supone necesariamente hablarle a Dharma. Yo no converso con él desde hace años y si hemos cruzado palabras en toda nuestra historia habrán sido unas veinte.

No es displicencia o falta de interés.

Yo estoy siempre mirándolo.

Siempre que puedo.

Cuando no estoy de cabeza, o en una torsión que me obligue mirar hacia otro lugar, o con los ojos cerrados, mirando desde dentro hacia el punto medio entre mis cejas.

¿Qué decirle que sea relevante, si lo que importa es que estoy acá?, me digo. Si lo que cuenta es que estoy entregando todo lo que puedo, sin reservar una gota para después, y que no puedo dejar de sonreír.

Dharma se ríe de sí mismo.

Dharma se ríe de nosotros.

Nos regaña. Nos toma como ejemplo. Hace posturas de yoga sólo posibles desde la fe, y las hace como si de acrobacias se tratara.

Nos amenaza con lanzarnos por la ventana si no seguimos sus instrucciones, y se ríe otra vez con picardía.

Es así.

Se le exige lógica a las cosas para aceptarlas como posibles, eso dice un personaje de mi cuento Bangalore. Hace diez años la explicación a los ojos aguados mientras subía aquellas escaleras era sólo posible desde síntomas i-lógicos: piel erizada. Pecho hundido. Ganas de correr peldaños arriba.

No hace falta hablar con Dharmita.

Creo yo.

Desde que volví me acompaña su imagen. No interfiere, guía desde aquella luz en sus ojos muy pequeños y negrísimos. Desde hace algunas semanas ha subido la marea. Comprime el cuerpo el agua. Lo protege desde la unión molecular.

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